Canción Sonámbula
* La Palabra, la Música, el Tiempo *
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Es el recuerdo más antiguo que parece retener mi conciencia: un anochecer azul; un balcón abierto a una plaza desierta, iluminada; un crío de dos ó tres años mirando a esa plaza, a través del cristal de ese balcón, mientras adentro suena una tonada legendaria, enduendada de azules, de Joan Manuel Serrat. (…Hay otra escena, no muy posterior: otra estancia, otra tarde, otro invierno: Sabina buscando conmigo el mes de abril, mágicamente perdido en un cajón.)
Desde siempre estuvieron en mi vida, dándose la mano –como hermanitos mellizos del Sol; como lobas alucinadas de la Luna–, la canción y la poesía. Seguramente por ser las dos formas que con mayor emoción y contundencia me orientan hacia el Misterio, en una misma contradanza en espiral: la poesía es la palabra que aspira a ser canto; la música, el idioma que dice lo que las palabras no llegan a decir.
Música –rezaba la definición canónica que aprendíamos de críos en solfeo– es “el arte de combinar los sonidos con el tiempo”. Y exactamente eso puede ser también la poesía. Claro que, como me confiara mucho después el maestro Luis Eduardo Aute, “música es una palabra muy seria”: se refería a la aspiración a la belleza que todos debiéramos observar en esta vida, tan inarmónica y extraña, que nos ha tocado transitar aquí.
La escritura de poesía lleva acompañándome desde los albores de la adolescencia: ese espíritu de luz siempre de guardia, siempre puntual, que me ayudó a aliviar la herida, a invocar a la magia, y a comprender que en los mayores abismos –o cajones oscuros– habitan también los tesoros mayores aguardándonos. (Gratitud sagrada, en este caso, a los capitanes llamados Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández; César Vallejo y Félix Grande; Alejandra Pizarnik y Fernando Pessoa… Etc.)
El encuentro de la palabra escrita con la melodía, sin embargo, tardó su tempo largo en llegar. Si ya en el colegio intentaba traducir las letras de las canciones en inglés que más quería –sobre todo las de Bernie Taupin, escriba de Elton John, cuando me aburría en clase–; si ya por entonces aprendía a arpegiar en la guitarra clásica, la primera canción propia sólo emergió en el año 2012, cumplidos los veintiocho (retornando el maestro Saturno en el primer refugio granadino, y con otro maestro en el Tiempo, o desasosiego vestido de etiqueta, revelándome un fulgor que creía imposible). Sucedió cuando ya no lo esperaba: un poema con rima y métrica exactas –nacido tiempo atrás en Buenos Aires–, que se parecía demasiado a una letra de canción, acabó colisionando con cinco acordes súbitos; más un ritmo y un tono que daban la totalidad de una proclama.
Tardaría sólo un poco más en darme cuenta de que esa canción, como todas las que vendrían después, eran en realidad un susurro, recibido en sueños, de ese otro avatar astral llamado el Trovador, mi maestro más íntimo y antiguo.
De ahí que él explique mucho mejor que yo esa vocación en el manuscrito que le custodio –donde narra su aventura fundacional, y que aún no ha visto la luz pública:
(…) ¿Por qué se canta cuando se canta: para quién?
Algo en nosotros necesita decir su nombre, romper la jaula de la garganta, salir volando, y desplegar la forma y el color y el rostro de aquello que nos pide auxilio. Puede cantarse una alegría, una rebelión, una esperanza… Pero creo que, en lo más hondo, se pone rostro a un llanto; pues nacemos llorando: nuestra voz estará siempre prendida con alfileres de cristal a ese aullido del origen. En el principio fue el llanto, dando testimonio de la soledad de los hombres, de su separación; entonces vino en nuestro auxilio el canto: la canción que vamos silbando en el camino para mecer al niño de la herida… También para celebrar que el camino es infinito. Que la aventura de vivir es una prueba feroz para reunir los pedazos y regresar a la unidad perdida; a la que no dejaremos nunca de regresar.
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Poesía y canción acabaron convergiendo en su escenario natural, el recital público
que aúna a ambas; vertebrado por un motivo concreto en cada ocasión.
Éste ha variado hasta ahora desde los maestros de la literatura universal hasta la maestría inagotable del Tarot de Marsella, pasando por presentaciones de libros propios y de amigos,
el concierto en bares, y charlas en institutos y centros para personas socialmente excluidas.
Un formato en que el arte se pone al servicio de la reflexión vital
que compartir con todos
(…con su dosis justa de profundidad;
con su dosis necesaria de (auto) parodia).
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Realicé estos encuentros en distintos lugares
de Madrid y Andalucía hasta el año 2020.
Vuelvo a estar abierto a ellos en este 2026.
Mientras doy forma a nuevas ideas,
puedes escribirme para cualquier propuesta
que sea afín y resonante con lo que describo
(o con el espíritu del Trovador).
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Poesía publicada
La edad del mediodía
(2011 | Premio Internacional de Poesía Barcarola 2009;
finalista del Premio Adonáis 2008)
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En el invierno de 2008, en Madrid, el viejo espíritu de la casa de mi infancia regresó de súbito: para acompañarme ante aquel ventanal que daba a poniente, y llevarme de nuevo a los atardeceres más largos del sur; a las mañanas más solares; a las noches de los cuentos que me contase una voz anciana, junto a la lámpara que iluminaba las sombras del dragón. Para escribir el libro que les debía, a ellos y al niño aquel, tanto tiempo después de los derrumbes.
La poesía puede ser (es, en mi caso estricto) una forma de comunicación con lo invisible. Este libro supuso para mí una evidencia, un sello y un testimonio de hasta qué punto insospechable es cierta esa aseveración. Me senté a escribirlo, casi al dictado, durante varios meses de una época post-universitaria en que se me perdió el rumbo externo: en perfecta sincronía con el vuelco hacia el interior que esos poemas precisaban (la Vida siempre sabe qué se propone con nosotros).
Imágenes, aromas, sucedidos y silencios, latentes en mi memoria más profunda, emergieron de pronto en una torrentera de tinta azul y aliento suspendido, de emoción callada y lágrimas reverenciales, durante aquellos atardeceres de invierno en que los tejados del poniente madrileño parecieron transmutarse en los atardeceres eternos (siempre distintos, siempre el mismo) contemplados desde las ventanas de la casa de mis abuelos, frente al monte de la Atalaya, en mi pueblo natal de Murcia.
Porque el crepúsculo mayor, inmutable, no dejó nunca de escanciarse aquí dentro, desde el corazón y por la espina dorsal que lo custodia Todo. Porque las voces que oímos en el silencio son nuestras, pero a la vez –vuelve ahora el escalofrío– también de aquellos que nos habitan para siempre; ésos que siguen, a veces, habitando los templos que creíamos más vacíos.
Porque la poesía puede ser la carta sonámbula que escribimos a quienes esperan recibirla al Otro Lado. Sin que podamos saber nosotros –ingenuos escribas del Misterio– que en realidad nada se pierde jamás.
***
(…) pero si vienen otros,
oídme:
si vinieran otros a viviros,
no tengáis rencor, no reneguéis,
tratadles bien, sed felicesy tú, alacena, guarda bien el pan;
y tú, lámpara, ilumina cuando oscure;
y tú, brasero, caliéntales las manos;
reloj: relata fiel el Tiempo;
cama: cuenta un cuento cada viernes;
alfombra: cuida fuerte al niño
que juegue cabalgando en tu llanura.
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[Disponible en Casa del Libro, Librería Alberti de Madrid,
La Central de Barcelona, Buscalibre en Argentina…]
Memorias del fantasma
(2017 | Finalista del Premio Adonáis 2014)
Demasiadas veces he dicho que vivimos de fantasmas; que quizá no seamos más que espectros buscando en otros espectros el conjuro prometido que nos salve…
Los primeros balbuceos de lo que acabaría siendo este volumen –en cierta ciudad al norte del Norte en que viví, donde ya había sabido del fantasma– sólo trataban de ser un divertimento; un ajuste de cuentas, mitad reverencia, mitad beso envenenado, del currículum sentimental de mi primera juventud: otro canto a lo perdido. Saqueando el botín de la memoria, me propuse rescatar los episodios más oscuros, y más luminosos –suelen generalmente coincidir–, virando de la culpa a la venganza, del guiño gamberro al homenaje. Para dar un lugar a sus espectros, mostrar a sus emisarias mi gratitud... Pero también traté de reconocer y descifrar un rostro mucho más esquivo, más antiguo e improbable. Ése que, ya en la infancia, había susurrado un escalofrío dorsal desde todos los recodos de la noche para investirme con su ley…
El fantasma: ese remordimiento tenaz de aquello que sucedió (o no llegó a suceder jamás) y que sigue mirándonos, silencioso, con sus ojos de lluvia desde el rincón, esperando el conjuro que lo absuelva. Pero también ese conjuro alucinado, ese sortilegio, que nos usurpa los ojos y la respiración y la voz para hacernos vislumbrar el otro lado; para llevarnos de la mano, sonámbulos, a la otra orilla…: donde el amor reside.
…El poema como una puerta, como un puente en que, si se dicen las palabras mágicas, desaparece el centinela de la bruma, cediéndonos el paso: lo que era una súplica se convierte en una llave; lo que era un fantasma se hace real…
Las dos partes que conforman este libro (este delirio), en fin, se fueron fraguando en paralelo durante un periodo que abarcó entre mis veintisiete y mis treinta años: tres años, tres ciudades y un solo vislumbre, quizás, de un mismo fantasma [de Bohemia] ahí a lo lejos. Años, ciudades y huidas que ahora, esta noche, junto a esta lámpara de entonces, se me antojan ya como una misma noche alucinada, en una espiral de Tiempo que no termina nunca de suceder (existió, existe, existirá). Como el mismo acorde que las hizo vivir y temblar. Como estos mismos poemas, que son ya su eco, su ceniza incandescente y su leyenda.
(Del prólogo Poética y fantasma)
***
Tú que eres mi locura y mi argumento,
tú que has sido mi cárcel elegida,
mi honor y mi condena, y el intento
más a ciegas de hallar una salida,un pañuelo más digno al sufrimiento,
una fe, una luz allá encendida;
tú que has sido mi víctima y mi aliento,
mi culpa, mi plegaria atendida,el único blasón que izó mi viento:
tú, compañera múltiple y sagrada,
rostro plural del dios que ungió mi vida,tú más que nadie sabes que no miento,
que me hundo cada noche en tu emboscada,que nunca di tu causa por perdida.
***
[Disponible en Casa del Libro, Librería Machado de Madrid,
Ed. La Fea Burguesía…]