El periodismo también
puede ser un cuento
El relato que una comunidad se cuenta a sí misma
para dialogar, entender y hacer evolucionar
su vida en común: en ‘común unidad’
‘Periodismo’ es -debiera ser, en mi opinión- la plaza pública en que contarnos la historia de lo que fuimos, lo que somos y lo que nos gustaría llegar a ser. Un espejo en que conocernos y reconocer al otro, con todos los matices de luz y de sombra inevitables en la experiencia humana. (No una farsa de tahúres y manipuladores; no un arma de intoxicación masiva de miedo, estupidez y enfrentamiento sectario para beneficio exclusivo de los de siempre.)
En el principio (en el mío, quiero decir) fue el Verbo que cuenta cosas. Y desde muy pronto –rondaría los diez u once años– supe que mi pulsión de interpretar y contar la realidad también me llevaría, casi fatalmente, a ese viejo oficio consistente en destilar el aparente caos de este mundo en alguna fórmula de cuento que lo explique; que consiga, en lo posible, comprender qué, cómo, desde cuándo, por qué (con qué fines, y para quiénes) hacemos lo que hacemos cada día; o nos hacen hacer.
Escribo esto y me sobresalta, con puntualidad sincrónica, el recuerdo de uno de los primeros redactores-jefe que tuve, en mi destino inaugural como becario en La Verdad de Murcia (verano de 2005 d.C.): “La gente” –me ilustró, casi dándose él mismo en plena cara con una señal de tráfico– “pasa cada día por la misma esquina, se da el mismo golpe en el mismo sitio, y sigue andando como si nada”. Y así cada día del eterno Día de la Marmota: sin preguntarse por qué está ahí ese obstáculo, físico o inmaterial; quién lo puso ahí… (Y qué ley escrita en piedra -hecha por otros, pero tolerada por mí- me obliga a tener que darme con él todos los p. días.) Así solemos vivir la mayor parte del tiempo: sin preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí, y adónde nos lleva esto.
“Filosofía” –leí también de crío en El mundo de Sofía, del noruego Jostein Gaarder– es sencillamente “hacerse preguntas sobre el ser humano”. Yo considero que nuestra responsabilidad adulta pasa por no dejar de hacernos las invencibles preguntas del niño ante un mundo que nunca podremos conocer del todo; que apenas dominamos, y cuyas motivaciones más torcidas jamás nos contarán los que controlan las sombras de la caverna por las pantallas. Abandonar esas preguntas, creyéndolas “cosa de niños”, es exactamente lo que nos hace niños en su peor versión: seres inmaduros que no crecen en lo intelectual, emocional y ético, y delegan gran parte del rumbo de sus vidas en esa figura resumida en la palabra Poder –escrita así, con mayúscula paleolítica y omnipotente.
Quien cree tener todas las respuestas es que no tiene ninguna. Quien dice tenerlas, miente. Quien interroga siempre, a sí mismo y al mundo, tampoco tendrá nunca todas las respuestas; quizá ninguna, allá en el fondo; pero siempre conseguirá ampliar el horizonte, alumbrar las zonas en sombra de los mapas donde –escribieron los que nunca se atrevieron a hacerse al mar– “sólo hay dragones”.
Fuera con el reportaje sobre el terreno o el análisis, con la entrevista de batalla o la conversación a media voz, con la crónica, la reseña o el divertimento libertario, lo que en el fondo busqué siempre con este maltrecho oficio fue seguir interrogando: hacerme preguntas a mí mismo que lanzar al mismo tiempo al lector, y que lanzar juntos al mundo. Con la pírrica esperanza de que en algo pudiera servirnos a todos. Que algún recodo del mapa pudiera iluminarse para entender un poco más a los dragones, propios y ajenos; para ser un poco menos inconscientes; para desvelar, si las hubiere, las máscaras de los impostores tras el telón, y nuestras propias imposturas. Señalar, en fin, aquello que más se acercara a revelar lo que somos (…sabiendo que nunca podremos tener todas las piezas del mandala; que cualquier relato, a la postre, será apenas una gigantesca conjetura).
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Lo que presento a continuación es una amplia muestra de mi trabajo en prensa digital, desarrollado a lo largo de las dos últimas décadas;
primero como becario –Madrid y Bruselas–, luego como redactor freelance en España –en Revista Contexto y los periódicos eldiario.es, El País y El Mundo–.
Es una selección de piezas, agrupadas por géneros, que creo aguantan bien el paso del tiempo, con la vigencia de las pasiones y conflictos que no caducan. Siempre traté de escribir para el hoy sin perder de vista el pasado mañana:
cambiamos mucho menos de lo que pueda parecer, a pesar de la (variable) velocidad del tiempo. A veces, pocas, damos algún paso adelante.
En su mayoría damos vueltas en círculos: como los asnos en los molinos,
las generaciones en Macondo y los corruptos en las poltronas.
* Puedes contactar conmigo
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* Algunas entrevistas irán compareciendo, con sus audios originales,
en el pódcast de El Sueño del Trovador *