La máscara, la voz y la canción
* De dónde salgo; de qué va esto; hacia dónde (se supone que) voy… *
La máscara
Nací en diciembre de 1983 en Cieza, al sureste español, entre el mediodía más soleado y el pasillo más oscuro: en ese umbral, cruzado por la luz y la sombra, fundé mi camino (como todos). Desde niño, mi brújula se orientó entre los puntos cardinales de la aventura y la escritura, la búsqueda de horizontes y la búsqueda de la verdad interior.
Me licencié en Periodismo en Madrid, donde velé armas poéticas y sentimentales, y continué mi andadura becaria en Bruselas –donde fui Monsieur Vin Blanc y oí una noche al fantasma–. Fue al seguir a ese espectro de luz como llegué a Granada, Andalucía, al filo de los veintiocho años. Allí comencé como periodista freelance, y me enrolé del todo como experto aprendiz en la vieja (al fin recordada) escuela de misterios.
En aquel atolón del Albaicín, hace ahora dos septenios, descubrí la inagotable fuente de símbolos y correspondencias que es el Tarot de Marsella gracias a una sibila del bosque (de Bohemia), me inicié en Kriya Yoga, filosofía védica (sendero óctuple de Patañjali) y chamanismo –caminos inagotables de crecimiento y sanación– con un indio del Río de la Plata, y revelé mi canto gracias a un místico sufí instructor de música.
Tras una segunda época en Madrid, cumplidos los treinta y cinco, regresé al sur natal, al eterno castillo de la infancia: para escribir una larga leyenda amorosa (vislumbrada de adolescente), reencontrar a la niña del origen, y conjurar a la sombra mayor del ángel.
Me considero un juglar del camino, relator y escriba de la aventura del vivir, con la labor de dotar de sentido al misterio que habitamos
(y nos habita) en todos sus conflictos, anhelos y pasiones.
La voz
En todo este tiempo, mi creación artística y mi labor periodística
se han fundido con el estudio de lo oculto y la experimentación espiritual,
dando lugar a una personalísima constelación
en que lo erudito danza siempre con lo intuitivo.
Esta cosmovisión es una suerte de fiesta astral en que
Alejandro Jodorowsky baila tango con Alejandra Pizarnik;
García Márquez se cita para cenar con María Magdalena;
Allan Watts, Octavio Paz, Joseph Campbell y Carl Jung juegan al póker
y beben ron de la Lemuria, y el Loco del Tarot juega a la Rueda de la Fortuna
para la evolución en espiral del zodíaco, virando del Hermetismo
a la Cortesía provenzal, de la Gnosis al I-Ching,
de las aguas de fuego del Ganges a las brumas del Grial de Avalon.
(Añadamos que Leonard Cohen, Edith Piaf, Chavela Vargas y Sabina
se turnan en el escenario, según vaya la noche.
Y que de vez en cuando me dejan también tocar a mí, por caridá…)
La canción
La plaza y la alcoba; el templo y la taberna; la academia y el cuento junto al fuego…: creo más urgente que nunca
la integración de esferas ancestralmente escindidas, con el fin de recuperar el sentido, la coherencia y el equilibrio en un mundo y unas vidas que ya no toleran más la farsa de la separación (entre el adentro y el afuera; espíritu y materia; razón e intuición; masculino y femenino…). El paradigma aún vigente, perpetuado durante milenios de desgarro interior del ser humano respecto a su verdadera esencia, presenta ya muestras inequívocas de derrumbe. Sólo es necesario (y es lo más necesario) mirarnos a los ojos, en el espejo propio y en el de los demás, para constatar que las grietas, apenas disimuladas hasta ahora, no tienen ya forma de esconderse.
Pero ese derrumbe de los velos es también muy necesario; la consecuencia natural de tanto tiempo (o vidas)
escondiendo a los fantasmas en el sótano: a las partes de nosotros mismos que preferimos no ver nunca,
por seguir sosteniendo un ilusorio castillo de naipes.
Un monstruo me persigue; yo huyo –escribió la abismada Pizarnik–.
Pero es él el que tiene miedo. Es él el que huye para pedirme ayuda.
Todos esos monstruos –nuestros miedos y tristezas, vergüenzas y humillaciones, rencores, impotencias y odios–
no quieren devorarnos; sólo lloran en la gruta y corren, como niños asustados, para que les abracemos, y podamos transmutar al fin la sombra en luz. Es decir: el dolor en comprensión; el rencor en compasión; la tristeza en belleza fértil; el frío, la soledad y el desamparo en una antorcha que revele lo cerca que estuvimos siempre del hogar
–a sólo un palmo de profundidad hacia adentro, y no a millas de distancia de ninguna “meta” fabricada por otros,
y heredada por nuestro miedo a ser quienes realmente vinimos a ser.
Ése es mi propósito, pues ésa ha sido siempre mi labor más íntima, necesaria y cotidiana: jugar con las sombras chinescas de la consciencia y del mundo –monstruos íntimos y compartidos– como jugábamos de niños al escondite.
Una aventura que incluye la literatura y la canción, la confesión y la sátira, la tradición esotérica y la historia de la cultura, para la fiesta alquímica en que comprendemos que el dragón que acechaba al final del pasillo siempre fue un ángel disfrazado de arlequín: el de la consciencia universal
que lo abraza todo.
[Esta propuesta, o concepto escénico, es una de las consecuencias de mi alquimia más salvaje en el torreón interior: confrontado las máscaras del derrumbe,
y velando una semilla en la oscuridad con un candil.]
El poeta tutelar Rainer M. Rilke me lo confió así,
hace ahora catorce años:
…¿Cómo habríamos de olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base,
es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros.
Atrevernos a penetrar, audaces,
en las torres más oscuras.
Y que la viejísima llama del corazón
–cansada y revivida; herida pero invencible–
prenda el farol de este camino.
*En el umbral; noviembre de 2025*
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Ni vos sin mí
ni yo sin vos
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* Descubre más sobre la filosofía de este sitio en
Pódcast / Las razones del Sueño *
Sobre el Trovador…
No podemos asegurarlo, pero todo apunta a que se trate de un pariente etérico mío, aprendiz del Mago del Tarot de Marsella, empeñado en usurpar mi alma y mi lengua para propagar su verborrea incontenible. Hay indicios que sitúan su nacimiento en la estrella de Sirio, si bien corre un rumor según el cual pudiera ser el hijo bastardo, jamás reconocido, de Calixto y Melibea. Esto último es bien dudoso, ya que sí sabemos que se crió en la Provenza del siglo XII, y se hizo casi adulto en un lugar del Mediterráneo –aunque fuera del tiempo y el espacio conocidos– llamado La Península –que el público conocerá pronto, dioses mediante–. También sabemos que estudió Cábala en Venecia con Giacomo Casanova y metafísica en París con el conde de Saint Germain;
que aborrece cualquier tipo de tiranía; y que cuando se enamora pierde un poco más del escaso juicio con que llegó a este mundo.
*
[Persona procede del griego clásico, y quiere decir máscara.
Su etimología más literal aludía en concreto a las máscaras que los actores usaban en el teatro; hechas para que, a pesar del rostro velado, la voz pudiera oírse bien. Per – sona sería entonces algo por lo que sale el sonido. Podríamos aventurar, por tanto, que una persona sea la máscara que usa el alma para contar/interpretar un papel en el escenario del mundo, en un espacio y tiempo concretos. Cuando la obra se acaba, se abandona la máscara, y el actor continúa su labor en otros lugares, otras plazas y escenarios del infinito teatro universal.]